El tema es éste: si sos la feliz poseedora de una idea de marca necesitás contar su historia. Necesitás un relato de marca.

¿Por qué?

Porque tu historia es la mejor forma de expresar los grandes interrogantes que te dan cuerpo a los ojos de la audiencia: quién, qué, dónde, cuándo y por qué.  Especialmente, por qué.

Hay “por qués” en la ideación, diseño y concreción de tu marca. Ningún negocio nace en el vacío y aunque tu marca no sea personal está sometida a la deriva de tus deseos y tus intereses. Estos detalles de la “historia profunda” son los que tu audiencia disfruta conocer. Porque cuando conectamos con una marca, lo hacemos porque resuena con nuestras aspiraciones. Con la persona que somos o con la que queremos ser.

Si estás leyendo y tenés dudas puede ser que:

1- Aún no asumiste que tenés una marca y que se diseña como cualquier otro proyecto en el que te involucres.

2- Aún no te figuraste el poder del storytelling y estás necesitando una dosis de desmesura.

 

Si creés que las historias son solo entretenimiento y que “sotrytelling” es otra gringada…  Dejame decirte que la palabra será una gringada -y de las grandes- pero el concepto es trans-histórico y trans-nacional: contar historias es la mejor forma de poner en contacto dos almas humanas.

Este post es el primero de tres en el que vamos a desenredar la madeja de tu relato de marca para que vos, tu historia y tu negocio tengan ese encanto que solo tienen la coherencia apasionada.

 

Tu relato de marca o ¿tu relato y tu marca?

 

¿Sentís una fe ciega en tu proyecto?

Incluso, dejame adivinar, creés más en tu proyecto que en vos misma…

Te entiendo.  En mi historia personal, llegó antes la fe en el mensaje que la confianza en el mensajero.  Es una forma de tomar impulso para empezar.  También se va a transformar en una historia trunca porque las mejores marcas tienen sus cimientos en personas que creen en sí mismas.

El valor de la narrativa está más allá de la elaboración de tu mensaje de marketing. Una buena historia para tu marca nace del coraje de pararte en el borde el abismo, mirar hacia abajo y aún así, confiar en tu fuerza -porque te preparaste, porque tenés con qué- y pensar:

-Yo salto.

Porque ese “yo salto” contiene de forma inherente la certeza de que vas a llegar al otro lado.

Cuando tenés esa clase de fe en tu proyecto y en tu capacidad de transformarlo en una marca, el relato que la cuenta es la síntesis de tus valores, creencias y propósitos. Porque las palabras que nos decimos a nosotros mismos (sobre nosotros y sobre quienes nos rodean) son las que hacen nuestro universo. Nada tiene entidad real hasta que le doy un nombre.

Y si no, dedicale un minuto a pensar en tu entorno y vas a descubrir una matriz infinita de palabras. Pero ponele que no tenés ganas de profundizar tanto -a fin de cuentas, es diciembre. Pensá en las marcas que más te gustan y de qué forma están presentes en tu imaginación.

 

Efectivamente, mi santa. Las marcas que más te gustan son mensajes. Mensajes que tienen como vehículo la palabra y la imagen para contar una historia.

 

Los mensajes que nacen de la certeza de tu capacidad de darle a otro ser humano lo que necesita para vivir una vida mejor… ganan. No porque sean demagógicos sino porque esa confianza está presente en las palabras. Y ni te cuento en tu forma de decirlas. Pero ese es otro tema, que si querés leer, te dejo por acá:  Elevator Pitch.

 

Encontrar tu relevancia.

 

Vos sabés que si “ellos” vieran lo mismo que vos, se enamorarían de tus productos y servicios. Vos sabés que si tus potenciales clientes entendieran los beneficios de tu propuesta, no dudarían un segundo en aceptarla.  ¿Por qué entonces no has logrado que se fascinen con tu marca?

  • Quizás, le estés hablando a las personas equivocadas.
  • De pronto, no estás moviendo lo suficiente el culete como para que te vean.
  • Muy probablemente, no estás encontrando la forma de contar tu historia (o de creer en ella) .

En el peor de los escenarios, todos los puntos anteriores te hacen sentir identificada.  Mantené la calma. Nada es irrecuperable. Un ejercicio de reflexión y un buen relato son antídoto más que suficiente para los males de la invisibilidad.

Claro, esto será posible si antes resolviste la tensión interna que te provoca este confuso enunciado: “Quiero ser visible pero no quiero que me vean”. 

 

Quiero ser visible pero no quiero que me vean.

 

La afirmación anterior, que volvería loca a una persona con un mínimo de lógica, no suele ser ajena a la mayoría de las personas creativas que conozco y que están iniciando su marca.

Sí, quieren que su marca sea reconocida y relevante. Sin embargo, si pueden esconderse detrás de una pared de piedra y que nadie note su existencia. Nadie…

Tampoco es inverosímil el caso extremo de personas que comienzan un emprendimiento creativo sin que nadie de su entorno sepa lo que están haciendo.

Si te causa asombro esta situación, ¡felicidades! Sos la poseedora de una sana autoestima y claro, estás un paso adelante. Pero creéme, no es tan raro como te imaginás.

De hecho, entre quienes escriben un blog es la situación más frecuente. Te asombraría el porcentaje de blogueras que quieren vivir de su blog pero no quieren vender. La palabra “venta” les resulta “fría” y además, se esconden detrás del anonimato que les permite la plataforma para que ni su pareja, ni su familia, ni sus compañeros de trabajo sepan, que tienen aspiraciones más allá de su trabajo seguro de 8hs.

Tener un blog profesional no es otra cosa que un negocio online y por lo tanto, vender es parte del proceso de obtener dinero a cambio de lo que tenés para ofrecerle al mundo.  Si te rebela la idea, vivís en conflicto con el mundo en el que naciste porque hasta donde sé (y salvo que vivas en una versión contemporánea del kibutz) nuestras sociedades se vertebran en torno a este tipo de intercambios.

 

¿Será el intercambio lo que te parece frío?

 

Me animo a escribir que no es “el intercambio” lo que te molesta. De hecho, si te dieran naranjas por tus creaciones, no tendrías problema en reconocer cuántas naranjas necesitás a cambio de un bordado, o un tejido.  También, pensarías con justa apreciación en preguntarle a tu interlocutor si no tiene otra cosa para ofrecerte además de naranjas. Porque todo bien con la vitamina C pero… no solo de vitamina C vive quien crea.

¿Te das cuenta?

No realizar un intercambio de tu trabajo lo que te incomoda. Es que ese intercambio sea con dinero. Y por supuesto, escondidas detrás de esta idea están la cantidad de palabras con las cuales cargaste de significado el dinero por tu historia familiar y tu cultura.

Si aún sabiendo esto la palabra “vender” te resulta “fría” quiero que me cuentes dos cosas: ¿De dónde obtenés lo que necesitás para comprar tus propias naranjas?

Si tu respuesta es “de mi trabajo” entonces, empezá a resolver tu conflicto. ¿Preferís vender tus horas a una empresa o vender tus productos a un cliente?

Claro, si tu respuesta es otra… es tema de otro post. Hoy lo que quiero es que comprendas que:

 

  • Antes que la historia de tu marca está tu historia.
  • Detrás de tu historia, están todas las palabras que te hacen y te modelan.
  • Cuando creés en vos, tu historia es creíbe. Cuando tu historia es creíble, conecta con tu audiencia.
  • Reflexioná sobre lo que te detiene al escribir la historia de tu marca, porque en ocasiones, no tiene nada que ver con tu capacidad de escribir sino con creencias más arraigadas y poderosas (que obvio, son palabras).

Vos querés diseñar contenido de valor y si seguís esta serie de 25 post vas a encontrar cómo, pero si querés hacerte un favor, empezá por descubrir por qué te negás a que te vean  y te brotás de alergia al pensar en vender esos productos o servicios en los que creés y tanto amás.

 

 

Te espero para la segunda parte la semana próxima!

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