No suelo compartir en este espacio ni imágenes ni reflexiones sobre el trabajo que realizo organizando eventos. Sin embargo, desde 2010 esta actividad tiene un espacio importante en mi vida. Nacida de la pura pasión por la decoración, mi Ciruela nunca tuvo demasiadas pretensiones. Lo mío es emprender DIY.  Ponele que “a pulmón”.

Emprender desde el más absoluto de los desconocimientos me puso a prueba más allá de los límites que conocía. Me demanda horas de vida y de sueño.

Afortunadamente es un proyecto compartido con una persona maravillosa, de naturaleza fuerte y pensamiento práctico. Alguien capaz de devolverme a la realidad cuando desmesuro pero lo suficientemente loca como para acompañarme en un camino que nos es ajeno a ambas por nuestra formación y estilo de vida. Es ajeno pero “es”. Y crece.

 

No sé de qué me estás hablando.

 

Mientras te cuestionás qué recurso voy a usar para que esta entrada tenga coherencia, te cuento que lo que quiero compartir contigo es tanto mi visión emprendedora como el conflicto que enfrento a la hora de emprender.

Empecemos por el principio, porque en este caso, el orden de los factores sí altera el producto. Desde el inicio supe lo que quería: diseño hecho a mano para celebrar.

Como creo que celebrar es una forma de marcar hitos en la historia personal y familiar, quiero crear para mis clientas (sí: 99% mujeres) memorias felices. Desterrando el prejuicio del diseño estandarizado y sin carácter.  Si no vivís al oriente del río Uruguay, creéme, en mi país hay que tener carácter para ofrecerle a una novia usar botellas de salsa de tomate como centros de mesa.

En este sentido, el diseño que propongo roza los extremos de la simplicidad. Exageradamente simple. Mi búsqueda de obviar los lugares comunes y convencer a las uruguayas de que no se necesitan miles de rosas ni cascadas de caireles para decorar una mesa es una tarea apostólica.

Una mesa decorada con cientos flores puede ser innegablemente hermosa pero no es una condición necesaria en una celebración. Las celebraciones las hacen las personas con sus rasgos particulares y si tu fiesta no te identifica, perdoname, pero no es tu fiesta. Es una fiesta más.

Por eso me inclino por la decoración DIY, porque puede personalizarse, se alimenta del reciclado y de los detalles inesperados, valora la identidad de quien produce y de quien disfruta del producto terminado. Porque permite mantener el presupuesto general controlado y pensar con frugalidad es una de mis obsesiones en la elaboración de presupuestos.

 

Emprender DIY: ¿emprendedora craft?

 

Si te sentiste identificada -sea cual sea tu proyecto- sos una emprendedora DIY. No sólo por lo que producís sino por la forma autodidacta en la que vivís el aprendizaje empresarial.

Claro que emprender DIY no es fácil para nadie.

De los espacios dedicados actualmente al tema, algunos proyectan una imagen idílica de la vida de quien emprende librado a la buena de Dios en un universo con tantas leyes como excepciones. En los últimos años el discurso del autónomo, los blogs dedicados al marketing digital y el coaching emprendedor se multiplicaron exponencialmente.

Observo este cambio como testigo y sigo un par de blogs en particular. Me lo contabas hace cinco años y me daba un ataque de risa. Hoy, después de vivir con intensidad tanto los aciertos como los errores, considero que la ayuda de una persona preparada en el tema puede ser esclarecedora para quienes no tienen ni idea de cómo encarar su pasión como un negocio.

Porque, de buenas a primeras, no hay nada más difícil que intentar vender un amor.

 

¿Te suena irracional lo que escribí?

 

Ni sigas. Este post no tiene nada que ver contigo. Ahora, si sentís el eco de las palabras anteriores en la conciencia, sabrás lo difícil que es ponerle números a lo que harías gratis si la vida te diera la oportunidad de alimentarte del aire y vestir a tus hijos de ilusiones.

Vivo un drama interno cada vez que elaboro un presupuesto. Presupuestar es una de las experiencias más ingratas para quien emprende DIY. Porque más allá del costo material que tienen los objetos en sí mismos, lo que verdaderamente vale es tu tiempo.

Es tan obvio que me da vergüenza escribirlo. Sin embargo, yo personalmente tengo que hacer ejercicios de respiración profunda antes de sentarme frente al documento en blanco.

Donde me apures y argumentes con cierta solvencia, puedo llegar a considerar una regresión a vidas pasadas para re-programarme en este terreno. Porque mirá que es un karma transformar en cifras aquella visión de la cual te hablé antes. La ecuación es teóricamente sencilla pero hacerla conciencia…es otra cosa.

Surge el más simple de los ejemplos: armar un centro de mesa con tres recipientes de vidrio reciclados y  flores naturales de estación es una visión DIY. En teoría son los centros de mesa más frugales que te puedas imaginar… Sí. Tenés toda la razón. Ahora viene el pero…

Hacer treinta números de mesa, decorar con encaje de algodón y cinta de raso treinta contenedores de vidrio, ir a buscar las flores al mercado y armar treinta ramos de lisianthus, sendos de follaje, poner sobre las mesas noventa recipientes previamente llenos de agua -en un espacio que no tiene canilla en el salón pero sí las dimensiones como para albergar trescientas personas- no es soplar y hacer botella.

 

Los materiales no son costosos, pero tus horas sí. Deberían serlo.

 

Son muchas horas de trabajo -antes, durante y después- de tres personas. No de una desmesurada con una visión de negocios poco viable, sino de tres personas. Porque armar un modelo es cuestión de cinco minutos. Ahora, multiplicá por treinta. Y ya que estás, pensá que tenés que volver a buscarlos y organizarlos para ser transportados de regreso.

Entendiste el punto como si ya lo hubieras vivido, ¿verdad?

Ni te digo si tenés que realizar el mismo procedimiento con cientos de platos, copas y servilletas. Este razonamiento es para mí el punto de quiebre de la mentalidad emprendedora DIY: ¿cuál es el valor de las horas de trabajo hecho a mano?

Considerar como “recursos” los “humanos”, comprender el tiempo como una variable de inversión -el propio y el ajeno- es mi mayor debilidad en tanto mujer que pretende llevar adelante un negocio.

 

Aprendizaje permanente.

 

“Viviendo y aprendiendo” dicen por ahí con esa formulación contundente de las verdades obvias. Vivir este emprendimiento DIY sin renunciar a la visión original pero dándole su justa retribución económica al trabajo hecho a mano y a las horas invertidas en producción es uno de mis retos para este año.

¿También es el tuyo?

Hace algún tiempo compartí mis cuestionamientos sobre sentirme “emprendedora”,  te invito a leerlos.  También me encantaría conocer tu opinión, porque igualmente cierto es que “compartiendo y aprendiendo.” ¿Querés compartir lo que sabés vos? Te escucho con atención.

 

[grwebform url=”https://app.getresponse.com/view_webform_v2.js?u=SEYXk&webforms_id=8641204″ css=”on” center=”off” center_margin=”200″/]

Autor

2 Comentarios

Escribir un Comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.