Si te estás preguntando por qué escribir un blog, llegaste al artículo que estabas buscando. Pero antes de que comiences la lectura, quiero recomendarte  el post que protagonizan cinco blogueras extraordinarias  (Esti López, Lourdes Sánchez, Sandra Ruiz, Marcela Cavaglieri y Vilma Núñez) contando su experiencia como profesionales que escriben un blog.

No conozco mujeres tan apasionadas por su trabajo como quienes emprenden con su blog. Es increíble tenerlas cerca y sentir su energía. Aunque pasen momentos de desaliento, ansiedad o incertidumbre, aman tanto lo que hacen que pocas veces le llaman «trabajo».

Creo que sentimos una cierta incomodidad de llamar «trabajo» una actividad con la que disfrutamos y nos genera satisfacciones, vínculos y la posibilidad de vivir haciendo lo que nos hace felices. ¿No debería ser así? ¿No deberíamos vivir para ser felices?

 

Por qué escribir un blog: te cuento la historia desmesurada.

 

Por qué escribir un blog.

 

A veces, en el vértigo de la vida, las responsabilidades y los compromisos asumidos, olvidamos que somos seres temporales. Que todo lo que hoy nos angustia mañana es recuerdo y que en los momentos significativos -esos que ponen todo en perspectiva- las preocupaciones que hoy te quitan el sueño, no son más que detalles.

Y no es solo una forma de decir. Voy a contarte una historia que no repito con frecuencia pero que forma parte de mi experiencia de ser bloguera profesional.  El año pasado, más o menos en esta época, comencé a sentirme mal. Físicamente agotada, muy dolorida (mi costado derecho era una pesadilla) y con los niveles de energía subterráneos.

Mi aparato digestivo es sensible -siempre lo fue- pero de pronto, comer era asumir  un dolor constante. Sin embargo, como a perseverante no me gana nadie, tampoco dejaba de comer. Cada vez más, cada vez peor. Todo virus o bacteria en el ambiente encontraba un hogar para re-decorar a su gusto en mi cuerpo. Por eso, creo que todas mis memorias de aquellos días son de momentos de incomodidad, malestar y sensación de agobio.

¿Qué sería lo lógico en esta situación? Y sí. Consultar a un profesional. Sin embargo, como suelo hacer, ignoré todos los síntomas físicos y me dispuse a hacer algo que me resulta más reconfortante que ir a visitar un médico: escribir.

¿Por qué esa terquedad Paula? Porque mi intuición me decía que aquel malestar era simplemente una de las formas en las que se manifestaba la ansiedad de «darme cuenta» que no estaba haciendo lo que quería. Que mi trabajo ya no tenía propósito y que necesitaba urgente, encontrar el sentido que me ayudara a volver a sentir entusiasmo.

 

Así nació Intensional.

 

Así nació un proyecto que llamé  «Intensional».  Un blog pensado para re-encontrarme conmigo. Su tagline era «365 días para cambiar una vida».  Hoy, exactamente 365 días después, puedo decir que mi vida cambió totalmente. En el sentido que quería y es mejor de lo que me imaginaba. También tengo que ser honesta contigo:

 

  • No fue fácil. Para nada y desde ningún punto de vista.
  • El camino no siempre fue gratificante y en más de una ocasión pagué el precio del estrés.
  • Cometí errores que me costaron caro (en recursos y en emociones)

 

Escribir en el blog se convirtió en mi forma de re-descubrirme, pero los dolores no cesaban y cada día me sentía peor.  Llegué a creer que estaba enferma. Seriamente enferma. Solo entonces, después de prepararme mentalmente para una noticia trágica, decidí comenzar una rutina de exámenes clínicos.

Fueron los días más largos de mi vida.  Muchas horas de sala de espera. Muchas horas de esperar resultados. Durante ese tiempo, todos los escenarios posibles tuvieron abrigo en mi imaginación. Lo confieso: pensar en mi hijo creciendo sin mí era más terrible que enfrentarme a la idea de morirme.

Sin embargo, todas las historias pueden leerse de diferentes formas. Si algo tienen de enriquecedoras las experiencias límite es la perspectiva con la cual te ayudan a mirar la vida.  Esas horas de sala de espera transformaron mi blog y mis reflexiones en una oportunidad de sanar. Desde donde debía sanar primero, que no era el cuerpo.

Sí. Tengo problemas físicos: sufro de SOP, tengo problemas digestivos y una vesícula con una forma ridícula que me impide procesar determinados alimentos y se hace notar cuando la maltrato. Eso fue lo que revelaron los exámenes clínicos.

Cuando sentí la certeza de que todas mis visione trágicas no iban a cumplirse, pude volver a reírme. ¡Era tan obvio! Si alguien podía tener la vesícula deforme, era yo. Desde la raíz del pelo a las uñas de los pies, nada en mí es «normal». Entonces comprendí que mis diferencias eran yo.  Yo no soy normal. ¿Sabés qué? Tampoco me interesa serlo.

 

Tantas máscaras.

 

Descubrí que llevaba más de treinta años escondiéndome detrás de todas las máscaras que te imagines para ocultar la diferencia.  La máscara más persistente fue la de «intelectual». ¡Era tan cómodo ser «inteligente»! Me ayudaba a olvidarme que tengo un cuerpo y mientras me protegía detrás de mi habilidad para escribir y comprender abstracciones complejas, no tenía que pensar en lo «rara» que era. Porque los intelectuales no son raros. Son intelectuales.

Tampoco te voy a decir que esa máscara me pesaba demasiado.  Lo que pesa no es la máscara sino el contacto con todas las otras personas que la llevan puesta. Pero ése, ya es tema para otro post, así que no me distraigo.

De esta forma, en seis meses -que parecieron eternos- había tomado una decisión: dejo atrás todas las máscaras y me dedico a ser quien soy. Punto.

 

Ahora, ¿qué? Por qué escribir un blog.

 

Sabía que no iba a ser un camino recto y limpio.  Sabía que muchas personas se iban a confundir o a interpretar los cambios que se aproximaban como signos de una depresión. Porque nada es más perturbador para quienes te observan de cerca, que verte «diferente». Apenas comiences a hacer cambios, alguien te va a acusar de algo so pretexto de estar «sumamente preocupado por vos».  

Por lo visto,  es más fácil asumir que un ser querido tiene una enfermedad terminal que aceptar que necesita otra forma de vivir. De esta forma, comienza el interrogatorio interminable:

 

  • ¿Para qué si la vida que tenés es buena?
  • ¿No sos feliz con tu familia?
  • ¿No fuiste vos la que eligió qué estudiar?

 

Miles de preguntas expresadas en voz alta o peor. Miles de interrogantes leídas en los ojos de quienes te rodean.  No. No es fácil. Y si llegaste a leer hasta este punto, seguramente querés saber qué pasó después.

 

¿Querés saber qué pasó después?

 

Que a pesar de todos los pronósticos y los interrogatorios, cambié.  ¿Quién puede impedirlo cuando lo sentís como una necesidad? Decidí que iba a vivir de mi escritura. Decidí que iba a financiar mi existencia haciendo algo que me apasiona: escribir un blog y enseñar a escribirlo.

 

Con este panorama, comprenderás que cuando me preguntan «por qué escribir un blog», lo primero que pienso es ¿por qué  no?

 

La escritura tiene el indudable poder de ayudarte a comprender tus deseos al mismo tiempo que podés canalizar los deseos y las necesidades de otras personas que se proyectan en tus textos. Por este mismo motivo es una herramienta de comunicación tan efectiva para quienes tienen un conocimiento y quieren compartirlo con el mundo. Por qué escribir un blog, entonces. Porque podés hacerlo.

 

Si este es tu caso: Por qué escribir un blog.

 

Ponele que sos esa persona que tiene un talento o un conocimiento para compartir con el mundo. Si te estás preguntando por qué escribir un blog, cambiá la mirada y preguntate por qué no.  ¿Sentís la confusión de recibir tanta información? Tranquila. Tengo una respuesta para vos. Es gratuita y lo único que tenés que hacer es pedir acceso en este enlace: Escribe y Vende.

Espero que disfrutes tu blog. Y tu nueva vida.

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