Las mujeres creamos sofisticados mecanismos de sabotaje. Nos complejizamos hasta el absurdo intentado cumplir con cada uno de los roles que nos competen y caemos una y otra vez en las tres trampas de la productividad. Comprometemos nuestro bienestar y aún así, nunca logramos la orgullosa sensación de la tarea bien hecha.

Mujeres de distintas edades y procedencias sociales. Mujeres de la familia de no-marido y de mi familia. Desde las tías que bailaron con los Iracundos a las primas menores que hablan de “toques”, lanzan colecciones de bikinis o crean softwares. Mucha mujer.

Nos entendemos entre líneas y las vivencias comunes nos hermanan aunque no tengamos ni medio alelo en común. Esta hermandad femenina transversal a toda nacionalidad y condición fue la que dio forma al cuestionamiento que quiero compartir contigo. Para que te preguntes por qué las mujeres caemos dócilmente en las tres trampas de la productividad.

 

Te cuento cuáles son las tres trampas de la productividad para que no caigas en ellas.

 

Las tres trampas de la productividad.

 

Mi sobrina Paulina tiene dos años. Es hermosa y pícara. Sigue con la mirada a su abuela limpiando la cocina. Se le acerca y la quiere ayudar a secar los platos. Mi madre hace un rato que pasó los 60 y en su propio cumpleaños no se sienta a disfrutar de la reunión porque necesita que todo esté en orden. Mi prima mayor cuenta las diferencias irreconciliables que la separaban de su ex-suegra “mega-emprendedora”, mientras la menor está enamorada al punto que poco le importa si ese hombre tiene madre o no.

Es una reunión familiar: todas hablamos a la vez. Todas hacemos más de una cosa a la vez y lo expresamos en voz alta: nos preocupa el “hacer”. Ojo, tampoco creas que soy una desvelada de la productividad: puedo ser ociosamente improductiva sin que se me corra el rímel. Permanezco inmutable escribiendo mientras no-marido prepara el almuerzo. Siempre y cuando la preparación no comprometa la integridad de la casa. Y tan contenta.

Pero a mí, como a vos, me preocupaba “hacer algo de provecho con mi tiempo”. Producir te da sensación de control. Cuando sufrís por procrastinatuda, lo que te acompleja no es “hacer” sino todo lo que pensás que “debías haber hecho”.  ¿Vos creés que procrastinás? Hasta que se invente un “elongador temporal”, veinticuatro horas son veinticuatro horas en cualquier parte del planeta. ¿A qué le llamas procrastinar? Si querés disfrutar el presente -que es lo único que realmente tenés- no caigas en las tres trampas de la productividad. Te cuento cuales son.

 

1- Tengo que poder.

 

No sé qué forma particular asume para vos el mantra productivo, pero seguramente se traduce en un “tengo que poder” seguido por una larga lista de verbos yuxtapuestos conjugados en primera persona.

 

Tengo que estudiar, cocinar, planchar, depilar, enviar los pedidos de la semana.

 

Asumí sin trauma que no tengo por qué “poder”. La creatividad no es un “tengo” es un “necesito y quiero”. Desintoxicá escritorio y agenda. Limpiá todo lo que está demás dentro y alrededor de tu calendario. Dejá solo lo esencial. Lo que se ajusta razonablemente a tu ritmo de vida. Si no podés con algo, no cae Varsovia.

Tener metas realistas no significa que postergues, significa que reconocés un orden de prioridades. Tu desconsuelo no debería ser tal: elegiste lo importante. Guardá el flagelo. Nadie puede con todo: las personas eligen qué y cómo hacer las cosas. Priorizar es el gran secreto de la masculinidad. Y uno de esos aspectos que deberíamos emular.

Ellos nacieron con un sistema piramidal de prioridades. Están convencidos de su derecho a sostenerlo. Ni siquiera se cuestionan dejar de ir al fútbol -coloque aquí la actividad que corresponda- para… en honor a la verdad, para nada. Vos podés construir tu propio sistema de prioridades de acuerdo a lo que el cuerpo te grite y sostenerlo.

 

2- Llenarte de lo intrascendente.

 

Este es el momento dedicado a las verdaderas procrastinatudas. El principio de plenitud de lo intrascendente es la otra cara del “tengo que poder”. Creo que los ritmos femeninos no tienen por qué ser los de la “productividad” tal como es entendida en el mercado laboral. Sin embargo, tengo certeza de que encontramos en la postergación la excusa para sentirnos culpables.

 

Es una de las trampas más arteras: si “no sos capaz” entonces podés exorcizar el miedo en una cadena de pensamientos negativos que consumen tiempo y energía. Tiempo y energía que podrías ocupar, por ejemplo, escribiendo.

 

Aunque dicho de esta forma se lee como uno de los principios de “Procrastinación para dummies”, lo cierto es que una y otra vez caemos en la proliferación de lo innecesario para sentirnos útiles. De la misma forma, una y otra vez fallamos en el cumplimiento de esa locura para castigarnos llamándonos con palabras que suenan raro. 

Lo sabés tanto como yo: cuando querés sentarte a escribir llega a tu cabeza un alud de tareas pendientes de la más diversa índole. Desde cortarle las uñas al hamster a podar los malvones. Es probable que encuentres cien acciones diferentes que podrías estar haciendo en el preciso momento en el cual te sentaste a escribir.

Llenarnos de intrascendentes es la forma en la que nos sentimos falsamente productivas.  No me pude sentar a escribir porque… si lo que sigue no es algo relativo a la salud, el dinero o el amor, no veo qué pudo detenerte. Si te detiene uno de estos tres básicos y tu mente considera las posibilidades, no estás procrastinando, estás decidiendo sanamente, tu orden de prioridades.

 

3- Es perfecto o no es.

 

Mi preferida de las tres trampas de la productividad. Ya deberías asumir que en la búsqueda de la perfección te vas a quedar con el “no es”. Una de las trampas en las cuales caemos una y otra vez es la auto-exigencia extrema. O mejor dicho, el sabotaje disfrazado de detallismo. Si querés escribir hay una sola cosa que tenés que hacer: sentarte a escribir. Lo mismo con cualquier cosa que te propongas hacer.

El perfeccionismo no es una marca de nacimiento. Es posible dar por tierra con el deseo de perfección apenas te lo propongas seriamente y decidas que los platos sin lavar no son cuestión de estado. Aunque lo fueran, que te castigue la ONU si considera trascendente para el equilibrio internacional la situación de tu cocina.

Una cosita más. No te engañes. No lo estás haciendo por vos. Lo hacés por otros. Por todo lo que te enseñaron que una mujer debe hacer para cumplir con la totalidad sus roles. ¿Y eso sabés a qué conduce? A ser una perfecta neurótica. Constantemente preocupada porque mientras levanta un emprendimiento, no le alcanza el tiempo para depilarse, llevar al nene al dentista y recoger la ropa de la tintorería. ¿No será mucho? ¿Te planteaste que el problema no son las horas sino la lista de tareas?

No pretendo resolver el tema en tres párrafos, pero si este artículo despierta, al menos, la necesidad de re-pensar tu rutina, me siento más que feliz.

Finalmente.

 

Ahora que desmesuraste con las tres trampas de la productividad,  quiero pedirte dos cosas:

 

  • Dedicale un tiempo a leer sobre tu mentalidad emprendedora.
  • Regalame un comentario: contame cuáles son las trampas en las cuales caés sistemáticamente y cómo lidiás con ellas.

 

Soy toda oídos para tus palabras en los comentarios. Si querés que lo conversemos en tiempo real y sentirte acompañada durante el trayecto de tu emprendimiento, te invito a mi comunidad de aprendizaje: Escribe y Vende. Allí te estoy esperando.

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2 Comentarios

  1. Gracias Paula,
    Me encantó, he vivido como si fuera una película esa reunión familiar!
    Gracias por acompañarme en este camino, en el despertar de mi escritura.
    Por supuesto que me he visto muy reflejada: procrastinar, desorden… Pero es cierto, una vez eliges lo que quieres, pues que se quede la casa sin barrer, no pasa nadaaaa… O si? Jajajaja
    Besos

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