Supe que había salido de la dichosa zona de confort hace un par de meses,  cuando compré el dominio con mi nombre.  Esa acción, que habría sido imposible en cualquier otro momento de mi historia, no me provocó ni cosquillas. Es más, se sintió natural. Si quien escribe es un «yo» que no pretende esconderse, lógico es escribir un blog que tenga mi identidad.

Una tarde cualquiera, pregunté en la comunidad qué se imaginaban que podría escribir en un blog que llevara mi nombre. Obtuve todo tipo de respuestas: desde las románticas que se niegan a ver desaparecer «La Desmesurada» hasta las que consideraron un paso obvio, que me encaminara a mi dominio personal. Quienes me pidieron que hablara de temas vinculados con el emprendimiento online y quienes me devolvieron la pregunta:

 

¿Sobre qué te gustaría escribir a vos?

 

Tan perdida como estaba en el «qué», por un momento perdí de vista lo esencial: el por qué de escribir públicamente y desde mi identidad civil. La respuesta más obvia se vincula a la idea de «posicionamiento», a la noción de «marca personal» y de «visibilidad online». Ahora, una respuesta no es más verdadera por ser obvia. Mis por qué, suelen estar más allá del reconocimiento social.

Mientras pensaba en esto, recordé algo que escribí hace exactamente un año. Quiero compartir un fragmento de ese texto contigo.

 

La dichosa zona de confort: ¿dónde están sus límites y cómo podés transgredirlos?

 

La dichosa zona de confort.

 

Son las 4:00 de la mañana.

Suena la alarma del celular.

No tengo necesidad de levantarme. Estiro la mano, alcanzo el celular y… No te equivoques: no lo escondo con la almohada esperando otra advertencia. Me levanto. Con la misma decisión con la cual programé la hora, decido salir de la cama. No hace frío, la casa está en silencio y en definitiva, es el mejor momento para escribir.

Sé que voy a tener sueño luego y que, más tarde, cuando esté en la reunión de cumpleaños de mi madre me van a preguntar por qué me veo cansada. Podría simplemente decir que pasé una mala noche o podría contarles que me levanté muy temprano porque estoy persiguiendo un propósito.

 

Esa voladura hippie que te dio.

 

Como somos pocos y nos conocemos mucho no usaría la palabra «sueño» que en mi familia tiene la connotación de voladura hippie y esas cosas que le pasan a las personas que tienen la vida resuelta. No estaría mintiendo, simplemente verbalizaría la parte de la realidad que mi entorno es capaz de comprender: un mundo de esfuerzo para obtener recompensas materiales. Pero lo cierto es que mi propósito es un sueño.

Para muchas soñar es recrearse imaginativamente en un paraíso costero, en el que pueden sacarse cientos de selfies para compartir en las redes sociales. Un mundo de pies en remojo a la orilla de un mar transparente, soles inmutables y palmeras verdes. Para otras, el abrazo consolador de un amor verdadero o el peso tibio de un bebé en los brazos.  Tu sueño puede tener forma de aviones, aeropuertos y culturas por conocer o de hogar lleno de amor e hijos. Claro, en tu sueño los hijos están quietos en un abrazo perpetuo. En silencio y bien peinados.

La realidad, tiene sus propios planes. Y te puede ofrecer algunos vuelos con retraso, nubarrones sobre tu playa tropical y el amor incondicional de hijos que en la vida real, se mueven. Todo el tiempo. Se mueven, se despeinan y si hay algo de lo que estoy segura es de que no van a estar en silencio. Salvo que estén haciendo algo que no deben hacer.

 

Tus sueños son tus sueños y la vida tiene sus propios planes… ¿o no?

 

La vida tiene sus propios planes.

 

Por ese mismo motivo, porque los hijos hacen ruido y los nubarrones son lo que una espera en pleno agosto es que me levanto a las cuatro de la mañana a escribir. Porque no creo en esa personificación prepotente de «la vida» que arrastra antojadizamente lejos del lugar en el que están los sueños.

Puede ser consolador pensar que una fuerza superior y desconocida -la moira- te empuja sin que puedas hacer nada por impedirlo. Elijo creer en los sueños que toman forma de propósitos y son el punto de partida de un proyecto personal.

Tu proyecto personal puede tener distintos nombres y formulaciones. Es tu emprendimiento en el más amplio de los sentidos, ya sea para vivir de tu talento o asalariarlo. A mí me llevó años descubrir que no quería asalariar mi vocación y ese descubrimiento fue un golpe en la nuca porque ya no tengo veinte años y una década entera para jugar al ensayo y error.

Tranquilamente tu sueño puede ser generar tu propia fuente de ingresos o alcanzar ese puesto de trabajo que te permita desarrollar tu creatividad en un gran organización. La forma que asume tu sueño es tan única como vos misma por eso, nadie más que vos puede decirte cómo debería ser y hacia dónde te debería llevar.

 

Salir de la zona de confort.

 

En general, los sueños que se materializan en propósitos te arrastran fuera de la dichosa zona de confort. De los espacios muy conocidos y previsibles en los que podés caminar a oscuras y descalza sin miedo de pisar algo venenoso o caer al vacío. Pueden ser molestos porque te empujan físicamente a un territorio desconocido en el que la incertidumbre es la moneda de cambio y la gestión de tu voluntad y tus recursos personales las únicas herramientas posibles.

 

Sin otro mandato que el de tus valores, dar un paso más allá de ese espacio de comodidad es un riesgo. ¿Qué no lo es?

 

Vivir es un riesgo aunque te encierres en una cápsula antibacterial.

 

Porque si algún beneficio tiene haber superado la barrera de los treinta, es saber que los resquicios se abren en los lugares que creías más seguros y las rupturas comienzan en los eslabones de la cadena que creías más sólidos.  Entonces, si vos no salís de la dichosa zona de confort, ella misma te excluye para que pruebes un poco del sabor de vivir diferente.

 

Y en esta esquina, el conservador.

 

Escribo el párrafo anterior y pienso en mi hermano. Al que amo con el alma pero me cuesta concebir que compartimos el mismo útero y la misma casa por más de veinte años. Somos los hijos más diferentes que puede haber criado una misma madre y eso en sí mismo, es anecdótico.

Nicolás es un hombre ordenado, previsor, rutinario, responsable y literal. Nicolás es escribano. Le confiarías tus papeles porque lo desvelan las minucias jurídicas y el cumplimiento estricto de los acuerdos escritos. Si él se viera expulsado de su zona de confort, la cual construyó con esfuerzo y constancia, seguramente colapsaría su ánimo.

Como todos los mortales se derrumbaría unos meses y luego, con el mismo empeño que antes, volvería a construirse otra. Lo sé con la certeza de un axioma. Los nicolás del mundo, reconstruyen sus zonas de confort. Incluso con la misma forma que tenía la que perdieron.

 

De este otro lado del útero materno estoy yo.

 

Desmesurada, disruptiva, poco convencional y metafórica. Paula estudió letras. Y no fue lo primero que estudié. Antes intenté otra cosa y obtuve mi experiencia del error. Ni loca me confíes tus papeles notariales, salvo que me pidas que se los pase a mi hermano. Pero sí contame tu proyecto personal porque seguramente vislumbro el camino y puedo dibujar una hoja de ruta alternativa más allá de la costumbre.

Tengo experiencia rompiendo la dichosa zona de confort. La propia y las ajenas.  Soy esa amiga instigadora que te invita a mirar la vida desde otra perspectiva, la mujer capaz de empezar de nuevo aunque eso ponga en riesgo todo lo que tiene. ¿Sabés por qué? Porque si lo que tengo no es capaz de acompañarme en el cambio que necesito, no lo quiero.  Porque estoy convencida de que lo que construís desde la conciencia plena tiene los cimientos amplios como para crecer hacia los costados sin derrumbarse.

 

Generalmente, no es mi zona de confort la que me expulsa, soy yo la que necesita transgredir sus límites porque estoy segura de que «existe algo más».

 

Ese convencimiento visceral se hace sentir. Y siempre supe qué forma tiene para mí: yo necesito sentido. Personas como mi hermano, mi no-marido, mis dos mejores amigas, pueden vivir tranquilamente en un plácido sin-sentido siempre y cuando, garantice la sensación de seguridad. La posibilidad de pagar sus cuentas y ligeras licencias semanales con forma de fin de semana.

Son personas diferentes que valoran haber construido su zona de confort. Durante años, frente a ellos tan sólidos y seguros me sentí emocionalmente inmadura porque a mí, con la comodidad de las cuentas pagas no me basta. Yo necesito hacer algo que tenga sentido. Cuando lo que hago pierde significado (no es que la tarea en sí misma pierda sentido sino que lo perdió para mí) entonces necesito imperiosamente romper barreras para ver qué hay más allá.

 

Pensar en posibles.

 

Romper ligaduras significa aprender a sobrellevar el conflicto y la incomodidad. Con el tiempo se hace cada vez más difícil. Cuando ya atravesaste varias décadas de vida te cuesta más soltar. Por todo o por nada en especial. Pero ciertamente es más difícil ponerse en la piel de quien experimenta con los límites cuando tenés una familia y construirla fue uno de tus emprendimientos soñados.

Que sea más difícil no significa que sea imposible. En general, «imposible» es una palabra que no uso en mi vocabulario cotidiano y deberías practicar erradicarla del tuyo. No la uses y vas a ver que en un tiempo, dejás de pensarla.

Cuando dejás de pensar en «lo imposible» descubrís que lo que tu entorno denomina fuera de sus -o tus- posibilidades no es más que un posible que no saben cómo alcanzar.

No te estoy hablando de ser ilusa o necia. Veamos, hace años que no practico deporte y nunca en mi vida practiqué un deporte extremo. Si salir de la dichosa zona de confort significara escalar el Everest, es un sueño de mediano o largo plazo. No es imposible que lo escale. Es poco probable que lo haga con mi actual estado físico. Pero siempre puedo cambiar de hábitos e iniciar una rutina de entrenamiento que me prepare para el destino final.

Y obvio, no voy a empezar con el Everest. Es posible que empiece con Cerro Chato, el cerro Pan de Azúcar y de ahí en más, iré aumentando el nivel de complejidad de mis retos. Voy a necesitar ayuda, sin duda. De un experto y de personas que sean compañeras de viaje en el impulso y en el propósito.

Voy a necesitar invertir tiempo y recursos. Si es necesario me uno a causas, fundo una ONG y escribo un blog sobre alpinismo. Voy a perder horas de sueño entrenando y tendré que involucrar a mi familia en el proyecto si es necesario. Pero no es imposible. Es una posibilidad que me aleja de la dichosa zona de confort, los carbohidratos complejos y el sillón en el que escribo.

 

7 pasos para salir de la dichosa zona de confort.

 

Afortunadamente para el Everest, escalarlo no es uno de mis sueños. En general, mis sueños no se miden en metros de separación de la tierra firme. Al menos no literalmente. Pero el ejemplo anterior deja en claro algo, si quiero practicar montañismo, ponele que necesito:

 

1- Darle forma a mi sueño (espacio, tiempo, pasos a dar).

2- Establecer con qué recursos cuento.

3- Buscar y adquirir el aprendizaje y las herramientas que sean necesarias.

4- Contar con apoyo -físico y emocional- de mis seres queridos.

5- Encontrar un grupo de pertenencia en el cual mi sueño sea un posibilidad.

6- Crear las experiencias: compartir mi sueño con el universo y pensar en él creativamente.

7- Gestar y persistir: tengo un sueño al cual le di forma de propósito me acerco a él paso a paso.

 

El texto sigue por un derrotero que hoy poco importa. Un año más tarde, el sueño tiene forma, la comunidad es uno de los espacios que disfruto (seguí este enlace y sumate) y la persistencia es uno de mis signos: vale la pena seguir el propósito de una desmesurada que para salir de la dichosa zona de confort, se despierta a las cuatro de la mañana a escribir, porque cree en que los sueños crecen cuando se comparten.

¿Te interesa seguir leyendo sobre este tema? Entonces te invito a que continúes tu viaje desmesurado con: Qué hay más allá de mi zona de confort. Porque tan importante como identificarla es aprender a trascenderla. ¡Antes de que me olvide! Iniciemos un diálogo en los comentarios. Contame cuál es tu relación con la dichosa zona de confort. Soy toda oídos.

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